Estoy pasmada, pasmada, pasmada, paspada, prendí, prendí un
cigarrillo, prendí dos, prendí tres, y el sacrificio termina acá, en la pasmada, pasmada noche.
Tengo lagunas, charcos, tengo lagunas y charquis con laberintos en que me
sumerjo de palabras de palabras, de participios absolutos, perfectos,
delimitados, y cómo escupir, cómo escupir enzimas, cómo escupir conectores y
fórmulas para ganar dinero mediante requisitos vergonzosos, mirá, lo digo como
si la vergüenza fuese algo malo. He bailado tango durmiendo en su hombro. He
visto dos niñas desnudas bajar de un auto, sonrientes, y quise ser una de
ellas, otra vez, una niña que baja de autos, otra vez, subir a autos, bajar
sonriendo. Y me di cuenta de que esa noche podía pasar algo si yo quería, pero
estaba cansada, fatigada de haber llorado toda la tarde, pero estaba en su auto
y hablaba, de los mayas y de numerología, y me abstuve de decir algo de las
niñas, pero lo pensamos, y cómo sería que elaboré en un segundo una idea
atrayente y fácil, como toda buena idea, y dije “son las hormonas las que
cambian al mundo”, o algo así. Y el clima se distendió, porque hicimos
científico lo que pasaba, y estábamos felices de que nos pase, felices,
felices.
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